Empoderamiento: Símbolo de crecimiento, colaboración y fuerza compartida

En un entorno taylorizado y exigente, una trabajadora con TDA convierte su vulnerabilidad en fuerza compartida. El empoderamiento se vuelve diálogo, confianza y crecimiento colectivo: símbolo de humanidad en medio de la rigidez laboral.

MANAGEMENTRSE

Lydie GOYENETCHE

10/19/202515 min leer

empoderamiento
empoderamiento

Empowerment: una palabra vacía allí donde el trabajo se desgasta

El empowerment —o empoderamiento— se ha convertido, en los últimos años, en una de esas palabras que circulan con ligereza en los discursos del management y del trabajo social. Suena bien: devolver el poder de actuar, fomentar la participación, reconocer la autonomía de las personas. En los congresos y en las formaciones, el término seduce. Evoca una sociedad más justa, más horizontal, donde la confianza sustituye al control y cada trabajador es visto como una persona capaz, no como un engranaje.

Sin embargo, para muchos empleados de los llamados “oficios de ejecución” —personal de limpieza, auxiliares de servicios hospitalarios, operarios de lavandería, camareras de piso o de cocina—, esta palabra parece lejana, casi abstracta. En su día a día, la “autonomía” choca con la realidad del cronómetro, del protocolo y de las tareas cronometradas. Sus jornadas se repiten sin descanso: limpiar, desinfectar, ordenar, cambiar sábanas, vaciar cubos, volver a empezar. Mismo gesto, misma exigencia, mismo resultado, día tras día.

Estos oficios, esenciales para el funcionamiento de hospitales, residencias, colegios o empresas, son a menudo los más tayloristas que existen. El rendimiento se mide al detalle: número de habitaciones hechas, metros cuadrados fregados, baños desinfectados. La organización del trabajo se apoya en una fragmentación minuciosa de los gestos y los tiempos, herencia directa del taylorismo industrial del siglo XX. La eficiencia se calcula, se controla, se estandariza. Todo está previsto para que nada se desvíe.

En un contexto así, hablar de empowerment parece casi una provocación. ¿Cómo “dar poder de actuar” a quien no puede desviarse ni un segundo del protocolo? ¿Cómo fomentar la creatividad si cada innovación es percibida como una falta? ¿Cómo hablar de participación cuando las reuniones de equipo solo sirven para recordar órdenes y no para escuchar propuestas?

Y, sin embargo, son precisamente estos oficios —tan invisibles como indispensables— los que más necesitan una verdadera política de empoderamiento. Porque detrás del término, no se esconde una moda teórica, sino una cuestión de salud, dignidad y justicia. Las cifras lo demuestran: en el sector de la limpieza, la rotación de personal supera el 30 %, los periodos de baja laboral son más largos que la media nacional y las rupturas de contrato son frecuentes, sobre todo entre quienes trabajan con contratos temporales o a tiempo parcial. Estos datos no son simples estadísticas: expresan un malestar estructural, un agotamiento silencioso, invisible tras los suelos brillantes y las habitaciones impecables.

El empoderamiento, en este contexto, no sería un lujo sino una necesidad. Implica cambiar la mirada: dejar de pensar solo en la productividad y empezar a considerar la capacidad de los trabajadores para participar, analizar, proponer y transformar su propio entorno laboral. Nadie conoce mejor los fallos de una organización que quienes la sostienen cada día, con las manos cansadas y la espalda encorvada.

Replantear el empowerment en los oficios taylorizados es, en última instancia, un acto ético y político. Es preguntarse cómo devolver el sentido, la dignidad y el margen de acción a quienes cargan con el peso invisible del cuidado, del orden y de la limpieza. Es imaginar una forma de trabajo donde la excelencia no se mida solo en segundos o metros cuadrados, sino también en humanidad, reconocimiento y posibilidad de aportar algo propio al bien común.

TDA y empoderamiento en los oficios de limpieza: un aprendizaje en el corazón de lo real

Una elección guiada por la coherencia y la adaptación

Descubrir un Trastorno por Déficit de Atención (TDA) en la edad adulta, en 2024, después de un recorrido académico sólido y varias experiencias exitosas en el ámbito B2B, fue un punto de inflexión. Lejos de vivirlo como una limitación, lo entendí como una clave: una forma de comprender mis ritmos, mis fuerzas y mis debilidades, para reconstruir mi vida profesional con coherencia. Decidí crear mi empresa, y al mismo tiempo trabajar en el sector de la limpieza a través del trabajo temporal. Buscaba un entorno que me permitiera encontrar un ritmo compatible con mi funcionamiento cognitivo y construir un proyecto estable, paso a paso, en el tiempo.

Muy pronto, en la Costa Vasca, comencé a recibir propuestas en el ámbito de la limpieza y el mantenimiento. No fue una casualidad: la economía del territorio está fuertemente marcada por la restauración, el turismo y las instituciones sanitarias o municipales. En 2024, la zona de empleo de Bayona contaba con 143 440 puestos de trabajo y una tasa de desempleo del 5,9 %, inferior a la media nacional. El turismo representa un motor esencial, con 1,3 mil millones de euros de impacto económico anual y miles de empleos vinculados a la limpieza, la hostelería y los servicios. En este contexto, los oficios de limpieza no son secundarios: son la base invisible que sostiene la economía del País Vasco francés.

Un sector vital, pero extremadamente taylorizado

Trabajar en limpieza es entrar en un universo donde todo está calculado. Cada tarea, cada movimiento, cada minuto está reglamentado. En hospitales, residencias o colegios, los protocolos marcan la pauta. La precisión es necesaria, pero también puede convertirse en una prisión. La persona encargada de limpiar tiene poco margen de maniobra, pocas oportunidades de proponer mejoras o de adaptar su método. Se espera de ella el mismo resultado todos los días, como si el cuerpo humano pudiera reproducir siempre la misma eficacia, sin fallas ni variaciones.

El sector emplea más de 500 000 personas en Francia, generando más de 14 mil millones de euros anuales, pero su fragilidad es estructural. La rotación ronda el 30 %, el absentismo medio supera el 6 %, y las condiciones físicas son exigentes. Estos datos reflejan un modelo organizativo centrado en la estandarización, donde la eficiencia se mide en segundos y metros cuadrados, pero rara vez en bienestar o reconocimiento.

Lo que estos oficios pueden aportar a un perfil TDA

A pesar de esa rigidez, los oficios de limpieza pueden ofrecer un terreno fértil para un perfil TDA. El trabajo manual, la claridad de las tareas y la repetición de gestos proporcionan una estructura que el cerebro TDA necesita para organizarse. El movimiento constante, la sensación de utilidad inmediata y la posibilidad de ver el resultado concreto del propio esfuerzo crean un anclaje positivo.

Las tareas repetitivas, cuando se viven con conciencia, pueden convertirse en un laboratorio de observación. Permiten identificar los momentos de concentración, los efectos del tratamiento, los factores que aumentan o disminuyen la atención. El trabajo físico, además, tiene un valor regulador: obliga a volver al cuerpo, al presente, a la acción tangible. En mi caso, fue también una forma de calibrar la medicación, de entender mejor mis ritmos y de comprobar que el TDA no es solo una dificultad, sino también una sensibilidad particular al entorno, al detalle, al equilibrio.

Los desafíos de un modelo rígido para una mente atípica

Sin embargo, esta experiencia también puso en evidencia los límites de un sistema pensado para la uniformidad. El TDA necesita sentido, movimiento, pequeños márgenes de libertad para mantener la motivación. En cambio, la organización taylorista impone tareas cerradas, sin espacio para la iniciativa. El ruido, las interrupciones, los cambios de consigna o los entornos sensorialmente cargados pueden saturar la atención y agotar las funciones ejecutivas: memoria de trabajo, priorización, regulación emocional.

Los horarios también son un desafío importante. Trabajar temprano en la mañana o tarde en la noche perturba los ciclos de sueño y afecta la dopamina, neurotransmisor esencial para la atención y la motivación. A eso se suma la falta de reconocimiento simbólico: se trata de trabajos invisibles, poco valorados, donde la excelencia pasa desapercibida. Esa invisibilidad, unida a la exigencia constante, puede generar una sensación de vacío o de inutilidad, un riesgo añadido para quienes ya viven con una atención fragmentada y una sensibilidad alta al desánimo.

El oficio de limpieza como escuela de empoderamiento

Y, sin embargo, en medio de tanta rigidez, existe un espacio de libertad interior. En mi caso, descubrí que el empoderamiento no era un concepto abstracto, sino una práctica íntima: la de reorganizar mi tiempo, adaptar mi energía, encontrar sentido incluso en la rutina. Aprendí a observar mi concentración como se observa un mar cambiante, a modular mi esfuerzo según los días, a reconocer mis propios ciclos.

Trabajar en limpieza me obligó a tocar tierra, literalmente. Me enseñó que la autonomía no consiste solo en decidir, sino en habitar con conciencia incluso los espacios donde nada parece negociable. Desde esa experiencia, construir una empresa coherente con mi forma de pensar se volvió un acto de continuidad, no de rupture. El TDA, lejos de ser un obstáculo, se convirtió en una brújula: me mostró dónde el sistema rompe al ser humano, y dónde es posible volver a abrir un camino de libertad.

El empoderamiento como espacio de supervivencia del cerebro TDA en un entorno donde el sistema límbico está puesto a prueba

Entre la necesidad económica y la búsqueda de sentido

Durante los meses de agosto y septiembre acumulé dos puestos de trabajo: uno de 6h a 8h30 y otro de 12h15 a 20h. Dos lugares distintos, dos equipos diferentes, pero una misma realidad: la necesidad de mantener a mi familia mientras financiaba la estrategia de visibilidad de mi empresa. Esta decisión no fue solo económica; también tuvo un valor experimental. Trabajar en entornos muy protocolizados me permitía observar cómo un cerebro con TDA — un cerebro que busca estructura y sentido — sobrevive en sistemas donde casi todo se impone desde fuera.

Descubrir un trastorno de atención en la edad adulta es como encontrarse con un espejo tardío. Se busca comprenderlo a través de la acción. En mi caso, el impulso de superación se convirtió en una forma de digestión emocional: un modo de transformar la diferencia en conocimiento. El tratamiento con Concerta (metilfenidato de liberación prolongada) me ayuda a estabilizar la atención y la motivación, pero también tiene un efecto paradójico: reduce la percepción de la fatiga física. El cuerpo continúa, incluso cuando está exhausto. La fatiga llega después, durante las pausas del tratamiento, con un efecto de bola de nieve: desorganización, lentitud, desánimo. En ese contexto, el empoderamiento deja de ser una teoría y se convierte en una condición de supervivencia: una manera de respirar y recuperar el control interno.

Un contexto laboral precario y estructuralmente fatigante

Los dos lugares donde trabajé reflejan una realidad bien conocida por la Dares y los observatorios europeos del empleo: en el sector de la limpieza, uno de cada tres empleados abandona su puesto en menos de un año, y la tasa media de absentismo supera el 6 %, casi el doble que la media nacional. Estas cifras traducen un desgaste físico y emocional estructural.

En la primera colectividad pública, los contratos temporales garantizan la continuidad del servicio, pero sin ofrecer estabilidad ni progresión. Los trabajadores precarios trabajan en horarios fraccionados — muy temprano por la mañana o al final del día — y no pueden ampliar su jornada porque eso está reservado a los funcionarios. Además, no cobran durante las vacaciones escolares. Cuando se consideran los desplazamientos, el salario real puede caer por debajo del salario mínimo interprofesional equivalente, lo que desincentiva cualquier compromiso a largo plazo.

En el segundo empleo, la situación era distinta pero igual de reveladora. Los trabajadores temporales reemplazaban a titulares que se iban, se agotaban o caían enfermos. Según la Federación de Empresas de Limpieza, el 30 % de las bajas laborales están vinculadas a trastornos musculoesqueléticos, el 25 % a problemas psíquicos (fatiga, ansiedad, depresión) y el resto a accidentes o enfermedades agudas. Cuando llegué en agosto, el puesto estaba desbordado: un ascensor averiado, dos aspiradoras fuera de servicio y un volumen de ropa creciente hacían imposible cumplir el protocolo. En este tipo de trabajos, el tiempo está cronometrado al segundo; cuando la realidad no se ajusta a la norma, el estrés se dispara.

El sistema límbico: un motor emocional saturado

El cerebro con TDA se sostiene sobre un equilibrio delicado entre la motivación y la regulación emocional. Mientras un cerebro neurotípico puede activar su atención de manera voluntaria, el cerebro TDA depende del sistema límbico, el centro donde se procesan las emociones y la dopamina. Es este sistema el que decide si una tarea “vale la pena” o no. Cuando el sentido y el reconocimiento desaparecen, los niveles de dopamina caen y la atención se desintegra.

En entornos tayloristas, donde la repetición domina y la gratificación emocional es mínima, el sistema límbico funciona en vacío. Las investigaciones en neurociencia laboral muestran que el estrés crónico activa de manera constante la amígdala cerebral, encargada de las reacciones de huida o lucha. En las personas con TDA, esta activación es más rápida y prolongada. Con el tiempo, produce una fatiga cognitiva acumulativa: hipervigilancia, agitación, y dificultades para priorizar. Lo que se percibe externamente como “desorganización” es, en realidad, un mecanismo de defensa de un cerebro saturado.

El déficit ejecutivo: comprender la desorganización aparente

La principal dificultad del TDA no reside en la inteligencia, sino en la función ejecutiva: ese conjunto de procesos que permiten planificar, jerarquizar, memorizar y controlar las acciones. Estas funciones, situadas en la corteza prefrontal, son las que organizan el tiempo interno y la secuencia de tareas. Cuando están alteradas, el cerebro ve todo al mismo tiempo, sin jerarquía: limpiar, vaciar, ordenar, responder. Todo parece igual de urgente.

El psicólogo estadounidense Thomas Brown describe este fenómeno como un “trastorno del sentido interno del tiempo”: el cerebro TDA no percibe la sucesión de los actos, sino un espacio saturado de estímulos sin orden. En un trabajo donde cada minuto está contado, esta diferencia se vuelve agotadora. La persona no carece de voluntad, sino de un mapa temporal estable. En consecuencia, su mente oscila entre la hiperconcentración y la dispersión, mientras el cuerpo sigue cumpliendo con la tarea.

Empoderamiento y ergonomía cognitiva: reconstruir el poder de actuar

El empoderamiento, en este contexto, no es una moda empresarial: es una necesidad de salud laboral. Según el modelo de Karasek, el bienestar psicológico depende del equilibrio entre la demanda (las exigencias del trabajo) y la autonomía (la capacidad de decisión). En el sector de la limpieza, este equilibrio está casi siempre roto. Los trabajadores soportan una carga elevada sin margen de acción.

Desde la perspectiva de la ergonomía cognitiva, se sabe que la atención se estabiliza cuando el trabajador puede adaptar la tarea a su propio modelo mental, en lugar de seguir un protocolo rígido. Dar espacio a la iniciativa — reorganizar una secuencia, mejorar un gesto, proponer una idea — no solo incrementa la eficiencia, sino que también calma el sistema límbico, al devolverle una sensación de control. El empoderamiento, por tanto, funciona como un regulador emocional y cognitivo, un modo de transformar el estrés en aprendizaje.

Trabajar para no perderse

En entornos donde la eficiencia domina sobre la humanidad, el cerebro TDA sobrevive creando microespacios de libertad: una manera distinta de ordenar, una atención más cuidadosa al vínculo con los demás, un gesto personalizado. Estos actos mínimos son, en realidad, formas de empoderamiento silencioso. Reintroducen la subjetividad en un trabajo donde el sujeto tiende a desaparecer.

Esa es, para mí, la esencia del empoderamiento: no una resistencia grandilocuente, sino una transformación discreta del cotidiano. Comprender mis límites, observar lo que el sistema no ve, y encontrar modos de adaptación que preserven la dignidad y el sentido. El TDA no destruye la eficacia; la redefine. Nos recuerda que trabajar no es solo producir, sino pensar, sentir y permanecer vivos dentro de lo que hacemos.

Mi empoderamiento y mi estrategia de supervivencia

Reconocer mi limitación para transformarla en herramienta

Al llegar al primer puesto, observé que tenía muy poca latitud de maniobra: en apenas un mes, trabajé con dos personas distintas a quienes tuve que formar, adaptándome a sus personalidades y ritmos propios. Ambos perfiles parecían poco proclives a una proyección duradera en el puesto, lo cual aumentaba mi carga cognitiva al tener que “enseñar, corregir, volver a empezar” sin que nada se estabilizara. Decidí entonces volcarme al segundo entorno laboral, donde la situación era estructuralmente más compleja: una carga de trabajo creciente, protocolos rígidos, una compañera titular emocionalmente muy involucrada y una dirección que toleraba poco margen para la improvisación.

Estructurar para poder actuar

Conociendo el puesto al detalle —una ventaja inesperada del taylorismo— inicié un diálogo con la dirección para evidenciar que el turno de tarde no podía ser desempeñado a una sola persona si se quería cumplir el protocolo y las tareas “extra-protocolo”. Señalé fallas físicas (un ascensor averiado, dos aspiradoras fuera de uso) y elívese una cuestión de coherencia: añadí una tarea de recogida y lavado de la sobre-calzado de padres y profesionales, cuya explicación se repitió en cuatro ocasiones sin que la secuencia quedara clara para mí.

Entonces emprendí la creación de fichas de trazabilidad diarias: cada jornada quedó registrada, cada tarea asignada, cada flujo de trabajo visualizado. Este instrumento pretendía evitar olvidos, repartir equitativamente la carga y reducir la sobrecarga cognitiva que el puesto me exigía. Pero lo que debía aligerar el trabajo se convirtió en una nueva batalla mental.

El choque interno: formación académica vs ejecución procedimental

Lo que más me impactó fue ver claramente mi “pequeñez operacional” frente a una tarea que, sobre el papel, parecía simple y linear. Con un historial académico sólido —BTS en Acción Comercial, ESC, diploma SEO, Máster en Mística y Ciencias Humanas—, experimenté una desorientación sin precedentes: no logré interiorizar el protocolo de cuatro páginas, cojo de estructura y jerarquía visual, pese a conocer el puesto al detalle.
Este conflicto pone en evidencia lo que la neurociencia del TDAH describe: no es un déficit de inteligencia, sino un déficit en las funciones ejecutivas —planificación, jerarquización, memoria de trabajo— que permiten dar sentido a la sucesión de tareas.

Estudios indican que, en niños con TDAH, un 62 % presenta déficits significativos en memoria de trabajo, un 27 % en control inhibitorio y un 38 % en cambio de tarea (set-shifting). En adultos, la prevalencia estimada del TDAH es del ≈ 3,1 % (IC 95 % 2,6-3,6) según metanálisis reciente. La teoría sugiere que los cerebros TDAH desarrollan las funciones ejecutivas con un retraso aproximado del 30-40 % respecto a sus pares. Esta brecha explica por qué, pese a una formación intelectual alta, la ejecución procedimental falla cuando requiere internamente la secuencia y jerarquía temporal.

Mi cuerpo aprendiendo lo que mi mente tardaba en comprender

El protocolo añadió la tarea de “recoger los cubrezapatos de padres y profesionales, lavarlos y reorganizarlos”. La directora y la titular intentaron explicarme la secuencia verbalmente en cuatro ocasiones diferentes. Aunque comprendía cada palabra, no podía “visualizar la línea de tiempo” interna, no podía construir mentalmente la secuencia. Aquí se revela una de las paradojas del TDAH: la mente analiza, intenta decodificar, pero el cuerpo actúa con eficacia cuando se repite el gesto. Si lo hubiera aprendido directamente con el cuerpo, habría comprendido sin problema. Esta diferencia —entre aprendizaje kinestésico y secuencial verbal— es esencial.

Empoderamiento como estrategia de supervivencia cognitiva

El empoderamiento, para mí, dejó de ser una noción de gestión y se convirtió en una estrategia de supervivencia emocional y cognitiva. Las fichas de trazabilidad no eran solo herramientas operativas; eran también extensiones de mi función ejecutiva debilitada. Externalizar mediante escritura lo que mi memoria de trabajo no podía retener fue un modo de reconstruir el control.
En el ámbito profesional, la literatura indica que los empleados con TDAH presentan niveles superiores de burn-out laboral debido a déficits en funciones ejecutivas: la autogestión del tiempo y la organización/solución de problemas median la relación TDAH-burn-out. En este contexto, poder reorganizar el trabajo, hacer visible lo invisible, repartir la carga y dotar de sentido la tarea habitual, equivalió a una forma de empoderamiento silencioso.

Del reto personal al legado colectivo

Esta experiencia no es solo una superación personal, sino una invitación a reformular cómo se concibe el trabajo en ambientes estandarizados. Mis fichas se transformaron en un legado para quienes vendrán después, un medio para que la carga operativa deje de ser opresión y se convierta en estructura vivible. El TDAH no es obstáculo absoluto, pero exige herramientas, reconocimiento y un entorno mínimamente adaptado. A través de esta estrategia, aprendí que empoderar no significa eliminar la vulnerabilidad, sino convertirla en conciencia activa: trabajar con la manera en que pensamos, sentimos y actuamos.

El empoderamiento solo es posible en la confianza

El empoderamiento no puede imponerse; solo puede nacer del diálogo y la confianza mutua. En este lugar donde trabajo, me habían descrito a la directora como una persona autoritaria, sensible al lenguaje no verbal y con necesidad de control. Y sí, su autoritarismo era evidente con algunas compañeras. Pero al acercarme a ella con autenticidad, sin disfrazar mis límites ni mis intenciones, descubrí otra dimensión: su humanidad.
Vi su emoción, su alegría cuando la relación se volvía real, cuando el diálogo dejaba de ser defensivo y se transformaba en una construcción común.

El empoderamiento, cuando se vive desde la autenticidad y la reciprocidad, tiene el poder de transformar no solo el desempeño, sino también la calidad de las relaciones en el trabajo. En un entorno tan protocolizado como el de la limpieza o la asistencia, donde todo parece ya decidido, el simple hecho de poder dialogar abre un espacio de humanidad.

Mi discapacidad seguirá ahí. Este trabajo no atraerá ni a aprendices ni a personas con títulos superiores. Pero debo reconocer que el tiempo que paso en este puesto temporal es valioso, para mí y para ellos. En este contexto, el empoderamiento no consiste en ascender o brillar, sino en coexistir con sentido, en dejar una huella silenciosa de organización, respeto y coherencia.

En dos ocasiones, a pesar de mis dificultades, la dirección y el equipo me han pedido que presente mi candidatura para un contrato de larga duración. Ese gesto —más allá del contrato en sí— tiene un significado profundo: el reconocimiento de la confiabilidad nacida del diálogo.

El empoderamiento no es una conquista personal, sino una construcción compartida. No se trata de “superar” el TDAH, sino de integrarlo en una práctica de trabajo real, donde el saber hacer, la vulnerabilidad y la palabra puedan coexistir sin miedo.
Solo cuando la organización se abre a esa verdad común —que cada ser humano tiene su propio modo de funcionar— el trabajo deja de ser mera ejecución para convertirse en un espacio de crecimiento recíproco.