El precio invisible del cuidado: burnout y salud mental en lo social
El precio invisible del cuidado se paga con burnout y fatiga emocional: descubre por qué los profesionales del trabajo social se agotan. En este articulo Winnicott nos ayuda a entender lo que se juega en la vida cotidiana con estos jovenes.
VEILLE SOCIALE
LYDIE GOYENETCHE
10/21/202513 min leer


En España, el cuidado y la protección de las personas vulnerables —ya sean niños, adolescentes, personas mayores o dependientes— se sitúan en el centro de un debate social y ético cada vez más urgente. En 2024, el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 contabilizó más de 50 000 menores bajo medidas de protección, de los cuales el 60 % vivía en recursos residenciales y el 40 % en acogimiento familiar. Paralelamente, los estudios del Consejo General de la Psicología de España señalan que 1/3 de los profesionales del sector social y educativo sufre síntomas de agotamiento emocional, y que el 45 % de los trabajadores de la atención directa declara sentirse “al borde del burnout”. Estos datos reflejan una realidad inquietante: mientras la demanda de acompañamiento aumenta, los recursos humanos y emocionales de quienes cuidan se erosionan silenciosamente.
En este contexto, la escena de una simple comida en un centro de protección —una joven que dice “te odio” y, en la misma respiración, “pásame agua”— condensa la complejidad del acto de cuidar. Detrás de ese intercambio banal se esconde lo que Donald Winnicott denominaba la función de sostén (holding): la capacidad de un profesional para mantenerse presente sin derrumbarse, para acoger la agresión sin devolverla, para permanecer cuando el otro pone a prueba el vínculo. Este tipo de microescenas, frecuentes en los entornos institucionales, revelan no solo la fragilidad emocional de los menores tutelados, sino también la tensión constante entre contener y resistir, sentir y protegerse.
La problemática, por tanto, no reside únicamente en las carencias estructurales del sistema —ratios elevadas, temporalidad laboral, falta de formación en salud mental—, sino en el precio psíquico del acompañamiento: ¿cómo sostener a otro sin perderse a uno mismo? En España, donde las profesiones de ayuda están altamente feminizadas (más del 80 % de los trabajadores del cuidado son mujeres), esta cuestión adquiere además una dimensión de género y de justicia social. El cuidado, tan esencial como invisible, sigue estando precarizado y emocionalmente exigente.
Este texto propone adentrarse en esa tensión desde una mirada experiencial y simbólica. En primer lugar, se analizará la dimensión relacional del acompañamiento, a través del prisma del holding winnicottiano y del fenómeno del transferencia y contratransferencia que atraviesa toda relación de cuidado.
En segundo lugar, se explorará la dimensión institucional, apoyándose en las aportaciones de René Kaës, quien entiende los equipos de protección y cuidado como aparatos psíquicos grupales, donde las emociones circulan, se proyectan y se comparten más allá de los actos individuales.
Finalmente, se abordará el precio psicológico del acompañamiento, desde la perspectiva del profesional neuroatípico y sensible, para cuestionar los límites de la resistencia emocional en contextos de alta carga afectiva y escaso reconocimiento social.
Así, esta reflexión busca situar el acompañamiento no como un acto técnico, sino como un gesto profundamente humano: un espacio de presencia, de escucha y de tensión entre la apertura y la autoprotección. En un país donde el número de menores tutelados crece cada año y donde la salud mental de los profesionales se deteriora, comprender esta compleja dialéctica se vuelve esencial no solo para mejorar las políticas públicas, sino para preservar la humanidad misma del cuidado.
Entrar en la escena del acompañamiento en la vida cotidiana
Desde hace varios años trabajo de forma interina en el ámbito de la protección de la infancia, en un oficio aparentemente ordinario: el de ama de casa institucional. Un trabajo tan ingrato como fascinante, en el que una llega con las manos vacías, sin expediente, sin referencias, pero con una brújula silenciosa: los oídos.
Son ellos los que orientan la presencia, los que permiten percibir lo que se juega más allá de las palabras, en la respiración, en un gesto mínimo. En un país donde más de 50 000 menores viven bajo medidas de protección y donde las instituciones funcionan con plantillas sobrecargadas y contratos temporales, esta escucha se convierte en el primer y más frágil instrumento del acompañamiento.
Un mediodía sustituía a una compañera titular. Una joven, tutelada desde hacía años por el sistema de protección, me miró y, con un tono seco, me dijo:
— Te odio.
Y, sin transición:
— Pásame agua.
Me detuve. El contraste me hizo sonreír. Le respondí con calma:
— Sabes, esas dos frases no combinan muy bien.
Y añadí:
— No necesito quererte, ni que tú me quieras, para pasarte agua.
El silencio que siguió fue denso. La joven me miró con una intensidad casi desafiante, como si buscara comprobar si yo resistía, si no iba a retirarme. Sostuve su mirada. Y, de repente, ambas estallamos en una risa breve, liberadora. Nadie del equipo educativo intervino. Tal vez porque la tensión se disolvió sola, o porque no supieron cómo hacerlo.
La contención como lenguaje invisible
Esa escena, tan cotidiana en apariencia, revela la esencia del cuidado y de lo que Donald Winnicott llamó la función de contención (holding). Nada en aquel intercambio pertenece al lenguaje ordinario: no se trata de disciplina, ni de afecto, ni de técnica educativa. Se trata de un gesto relacional: mantenerse sin juzgar, acoger sin dejarse absorber, permanecer a pesar del rechazo. En un entorno institucional saturado de normas, este tipo de microgestos reintroduce lo humano, recordando que cuidar no es aplicar un protocolo, sino habitar una presencia.
Ese pequeño instante de verdad —cuando un “te odio” recibe una respuesta no defensiva, sino contenida— muestra lo que significa cuidar en sentido winnicottiano: crear un espacio lo bastante seguro para que el otro pueda existir incluso en su agresividad, sin destruir el vínculo. En la España actual, donde los equipos de protección trabajan con ratios de hasta 10 niños por educador y donde la rotación de personal supera el 40 % anual, sostener este tipo de presencia estable se convierte en un desafío estructural y emocional.
Del niño al anciano: el eco del cuidado
Lo que se juega en la protección de la infancia se repite, de otro modo, en la dependencia, la enfermedad o la vejez. Cuando una familia confía a un ser querido a un cuidador —sea en un centro o a domicilio—, emergen los mismos resortes afectivos: el miedo a ser sustituido, la culpa, la necesidad de control y, sobre todo, el vértigo de un amor que ya no sabe cómo expresarse sin herir. Según el IMSERSO, más de 1,4 millones de personas mayores reciben atención profesional en España, y más del 70 % de los cuidadores reconocen sentir ansiedad o fatiga emocional. En todos estos contextos, el acompañamiento no es una delegación fría, sino un relevo afectivo que entrelaza tres presencias: la del familiar, la del profesional y la de la persona vulnerable.
Entre esas tres figuras se teje una continuidad frágil, hecha de ajustes, silencios y, a veces, risas donde las palabras ya no alcanzan. Es en esa frontera —entre la emoción y la técnica, entre la cercanía y el límite— donde se juega la verdad del acompañamiento: una práctica que sostiene el lazo social y que, al mismo tiempo, pone a prueba la resistencia interior de quienes cuidan.
Comprender lo que se juega en la relación de cuidado: transferencia, contratransferencia y lugares simbólicos
La escena del almuerzo no es banal. En apenas unos segundos se condensa una dinámica compleja donde el lenguaje, el poder y el afecto se entrecruzan. “Te odio”, dice la joven. Luego, sin respirar, “pásame agua”. En un contexto cotidiano, ese contraste sería una provocación o una contradicción. En el campo del cuidado, en cambio, constituye un mensaje cifrado, una forma de prueba relacional. No se trata de una simple expresión de ira, sino de una pregunta silenciosa: ¿aguantarás mi rechazo sin desaparecer?
La transferencia: un desplazamiento afectivo inconsciente
En el lenguaje psicoanalítico, la transferencia designa el proceso mediante el cual una persona reproduce inconscientemente en una relación presente los afectos y esquemas de vínculo de su pasado. Freud la definió como un fenómeno universal; Winnicott la transformó en el espacio mismo del trabajo relacional. En los dispositivos de protección a la infancia, donde los jóvenes han vivido rupturas, negligencias o abandonos, el profesional no es solo una figura actual: es el escenario donde el pasado vuelve a representarse.
La joven institucionalizada no dirige su odio a la profesional que le ofrece un vaso de agua, sino a la figura adulta que en otro tiempo no supo —o no pudo— responder a sus necesidades.
Cuando dice “te odio”, no ataca a la persona presente; pone a prueba la solidez del marco, la fiabilidad de la presencia. Si yo hubiera respondido con una defensa (“no me hables así”) o con una justificación (“solo hago mi trabajo”), el vínculo se habría quebrado. Al responder con un gesto simbólico —“no necesito quererte para pasarte agua”—, se produjo algo distinto: la relación resistió la agresión. Y ahí es donde Winnicott sitúa la experiencia del holding: el niño o el adolescente que sufre “ataca” la relación para comprobar que no se derrumba.
El holding: una contención corporal antes que verbal
Responder sin tensión muscular, sin crispación ni aumento del tono de voz fue, en sí mismo, una respuesta corporal antes que verbal. En el ámbito del cuidado, el cuerpo del profesional es el primer medio de la relación.
A través de él se transmiten de forma inconsciente la calma, la disponibilidad o, por el contrario, la rigidez, la angustia o la hostilidad. Por eso Winnicott converge con la teoría de Didier Anzieu y su concepto del Yo-piel: antes de existir la palabra, existe la sensación de un cuerpo sostenido por otro. Antes de pensar, uno es sostenido; antes de comprender, uno es envuelto.
En aquella situación, si mi cuerpo hubiera dejado escapar una microtensión —un leve cierre de mandíbula, un movimiento brusco de hombros o una entonación seca—, la joven, que presentaba un trastorno del neurodesarrollo (TND), lo habría percibido de inmediato. Los adolescentes con TND —ya sea un trastorno del espectro autista o de la regulación emocional— poseen una hipersensibilidad a los signos no verbales. Yo misma, con un TDA que implica hipersensorialidad, sé lo que significa captar el más mínimo desfase entre palabra, tono y mirada. Nuestro sistema perceptivo, más poroso, detecta cualquier incongruencia entre lo dicho y lo sentido.
De ahí que el holding fracase menos por las palabras que por el cuerpo. Cuando el cuerpo del cuidador se contrae, el niño percibe que la relación deja de ser segura. Lo mismo ocurre en las escuelas infantiles o en los centros de protección: los profesionales neurotípicos suelen liberar su tensión emocional a través del tono o de la postura, y eso los hace más resistentes físicamente, pero más vulnerables al desgaste relacional. Mantener la calma corporal, en cambio, es sostener el marco invisible del vínculo.
El vínculo que resiste
Cuando el cuerpo permanece ajustado, abierto, sereno —incluso frente a un “te odio”—, algo esencial sucede: el marco no se rompe. La joven pudo probar el límite sin destruirlo. El vínculo sobrevivió. Y la risa final, breve y compartida, fue la señal más clara de que la prueba había concluido: la angustia cayó, la presencia resistió. En un contexto institucional español donde los profesionales deben conjugar empatía y autocontrol, esta escena ilustra la paradoja central del cuidado: sostener sin desmoronarse, acoger sin disolverse. Allí, en ese equilibrio entre cuerpo, palabra y silencio, se juega el verdadero sentido del acompañamiento.
El marco institucional como envoltura psíquica grupal
(Lectura a la luz de René Kaës)
Un mes más tarde regresé al mismo servicio, solo por una jornada de sustitución. Un joven con quien había empezado a tejer un vínculo durante mi paso anterior debía acudir a una entrevista en otro centro para una posible admisión. Diagnosticado con TDAH, vivía con una hipersensorialidad que hacía de cada contacto humano una posible invasión.
Su educadora de referencia me pidió que lo despertara. No era titular ni educadora principal, y medí el riesgo del malentendido. Antes de entrar, busqué la mirada de la profesional responsable: asintió, algo sorprendida de que, incluso sin información institucional previa, yo comprendiera intuitivamente el terreno que pisaba. Lo desperté con suavidad, recordándole su cita, ajustando la voz, el tono, las palabras. En ese breve intercambio, el transfer se autorizó por delegación: el espacio del vínculo fue reconocido por el colectivo. Yo existía para ese joven dentro de un marco compartido, tal vez no plenamente aceptado, pero sí existente.
Más tarde, ya en el comedor, regresó del encuentro acompañado por una educadora. Comíamos junto a otra maestra de casa, desplazada temporalmente desde otro centro para apoyar al equipo. El ambiente era tranquilo. Sentados frente a frente, el joven y yo comunicábamos sin palabras: miradas, micro-sonrisas, un ritmo común en los gestos. Era una connivencia sensorial, casi infraverbal, un reconocimiento mutuo de nuestra porosidad al mundo. Y, de pronto, sin previo aviso, se volvió hacia mi compañera —que limpiaba los cristales—, me miró y dijo: “¡Qué tonta!”.
El tiempo se detuvo. Nadie reaccionó. Le respondí con voz firme y envolvente, midiendo cada palabra:
— P., no puedo dejar que digas eso de V. Te equivocas.
Él me miró sorprendido y murmuró:
— Era una broma.
— Aunque sea una broma, no puedo dejar que digas eso de ella —contesté con calma.
El equipo siguió en silencio. Tal vez porque, una vez más, el marco se había restaurado sin confrontación.
El grupo como aparato psíquico colectivo
El psicoanalista René Kaës describe las instituciones de cuidado y educación especializada como aparatos psíquicos grupales, espacios donde los vínculos inconscientes se tejen entre los sujetos más allá de las interacciones visibles. Cada miembro encarna una función simbólica: quien sostiene, quien interpreta, quien pone límites, quien repara los silencios de los demás.
Cuando un profesional “de paso” interviene, altera inevitablemente la economía afectiva del grupo. No conoce aún los pactos implícitos, las alianzas invisibles ni las zonas de equilibrio precario. Su cuerpo, su voz, su manera de entrar en la habitación se convierten en nuevos signos que el grupo interpreta inconscientemente. Carga, sin pretenderlo, con el transfer lateral de los jóvenes y con el contratransfer colectivo del equipo.
En aquella escena, mi intervención —firme pero contenedora— no se dirigía únicamente al joven: restauraba la función simbólica del tercero, esa instancia mediadora que el grupo había momentáneamente perdido. El silencio de mis compañeros no fue indiferencia, sino una suspensión inconsciente, una espera de que alguien asumiera la función de marco cuando el colectivo se hallaba paralizado.
La resonancia institucional del transfer
Kaës habla de cadenas asociativas inconscientes: los afectos circulan entre los miembros del grupo como una corriente submarina. El insulto del joven era quizá la manifestación de una tensión de pertenencia: poner a prueba quién, en ese sistema de adultos transitorios, sostendría el lugar del adulto confiable. Mi respuesta no fue un simple “reencuadre”, sino la recuperación de la función de pare-excitación del grupo (en términos de Bion), la que impide que el vínculo se disuelva.
El colectivo, entonces, pudo “no reaccionar”, porque la escena ya había hallado su resolución simbólica. Ese silencio compartido es típico de las instituciones saturadas de afecto, donde el grupo, agotado, delega inconscientemente en uno de sus miembros la tarea de “hacer de tercero”. Ese día, esa función me atravesó el tiempo de una frase.
Transfer, pertenencia y cuidado compartido
Esta escena, tan aparentemente simple, revela una ley fundamental del trabajo social: nadie trabaja solo, ni siquiera cuando actúa solo. Cada gesto, cada palabra, se inscribe en una matriz de afectos colectivos. En los hogares de protección infantil, esas matrices están cargadas de historias de abandono, lealtades heridas y proyecciones contradictorias: el joven busca quién se queda; el profesional, cómo permanecer justo; el equipo, cómo resistir.
El transfer no se limita, pues, a la díada cuidador-cuidadado: se transforma en un transfer de pertenencia, una dinámica que también se reproduce en el cuidado domiciliario, cuando una familia, un profesional y una persona mayor comparten un mismo espacio de vulnerabilidad emocional.
Aunque estas experiencias pudieran sugerir que sería una buena profesional a largo plazo, sé que mi condición neuroatípica no me permite la misma resistencia psíquica y cognitiva que la de mis colegas titulares. En estos lugares donde las emociones vibran sin descanso, solo se puede durar si se poseen mecanismos de defensa psíquicos sólidos y permeables al mismo tiempo: suficientemente firmes para proteger el Yo, pero lo bastante flexibles para seguir sintiendo. En ello reside el equilibrio imposible del cuidado institucional.
El precio psíquico del cuidado y del acompañamiento: resistir, ¿pero a qué costo?
Las escenas vividas podrían hacer pensar que, con el tiempo, sería una buena profesional: capacidad de ajuste, intuición relacional, mantenimiento del marco sin violencia. Sin embargo, sería olvidar una parte esencial de la realidad: la resistencia psíquica y cognitiva que exige el trabajo institucional.
Mi funcionamiento neuroatípico, con su hiperreceptividad sensorial y emocional, me otorga una agudeza clínica inmediata, pero a costa de un desgaste más rápido. Donde otros pueden protegerse tras defensas sólidas —como la racionalización, el clivaje o la distancia afectiva—, mi modo de presencia es más poroso, más receptivo. En los espacios saturados de afecto, se necesitan defensas psíquicas firmes para durar; si el Yo del profesional no está protegido, acaba por agrietarse.
La psicoanálisis no entiende los mecanismos de defensa como debilidades, sino como estructuras de supervivencia psíquica, filtros necesarios para evitar la desintegración del marco interno. Pero esas mismas defensas, si se vuelven demasiado rígidas, extinguen la parte viva del vínculo, la que permite sentir, ser tocado y ajustarse con finura. En ese punto reside el gran paradigma del cuidado: para resistir, hay que protegerse; pero para cuidar, hay que permanecer abierto.
Esta paradoja se vive en el cuerpo: como una tensión constante entre la precisión intuitiva y la fatiga emocional. Tal vez esa sea la verdad más profunda del trabajo de cuidado: una oscilación permanente entre sostener al otro y sostenerse a sí mismo para no caer.
La raíz del burnout en el trabajo social
En España, los estudios del Consejo General de la Psicología y de la Universidad Complutense de Madrid confirman que más del 40 % de los trabajadores sociales y educadores especializados presentan síntomas compatibles con el burnout. La causa no se reduce a la sobrecarga laboral o a la falta de medios, sino a algo más invisible: la ausencia de tiempo psíquico.
El día a día institucional se vive en modo automático, con horarios fragmentados, urgencias constantes y tareas que apenas dejan espacio para metabolizar lo vivido. Cada intervención emocionalmente intensa —un conflicto, una crisis, una confidencia— se encadena a la siguiente sin pausa simbólica. El cuerpo sigue, pero la psique no alcanza a procesar. En términos winnicottianos, el profesional deja de “ser” para limitarse a “funcionar”. El pensamiento reflexivo se sustituye por la ejecución, y lo humano se diluye en la eficacia.
Con el tiempo, esta falta de procesamiento emocional provoca una desconexión interna: el trabajador social actúa, pero ya no siente; responde, pero ya no escucha; sostiene, pero ya no está sostenido. El burnout no surge de un exceso de empatía, sino de una empatía sin descanso, sin digestión psíquica, sin espacio para simbolizar. El alma se fatiga de tener que mantenerse alerta y disponible cuando no hay un lugar interno donde reposar.
Espacios para respirar y reconocerse
Por eso, los seminarios que propongo no se limitan a la gestión de equipos o a la comunicación: abren un espacio de respiración. Un lugar donde cada uno pueda reconocerse sin juicio, donde la palabra vuelva a tener cuerpo y el vínculo se reactive. Son espacios de unidad, donde la presencia de uno ilumina la del otro, como un reflejo de esa comunión silenciosa que habita en todo lazo verdadero.
El trabajo social necesita más que técnicas: necesita tiempo para pensar y sentir, para integrar lo que el cuerpo y la emoción viven cada día. Porque, en definitiva, cuidar sin destruirse solo es posible cuando el profesional encuentra también un lugar donde ser cuidado.


Este sitio web utiliza exclusivamente Plausible Analytics, una herramienta de análisis web respetuosa con la privacidad.
No se utilizan cookies ni se recopilan datos personales de los visitantes.
El sistema cumple con el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), la directiva ePrivacy y las recomendaciones de la AEPD.
EUSKAL CONSEIL
euskalconseil@gmail.com
00 33 782505766